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¿Por qué tengo que explicarle a nadie lo que voy a votar?

La Vanguardia - 16/2/2008

LLUÍS AMIGUET - 16/02/2008

José Ángel Carrey, abogado, ha logrado que se pueda votar por primera vez en braille el 9-M

Tengo 35 años: nací prematuro, ciego y con sordera. Soy abogado y trabajo en la abogacía del Estado de Barcelona. Mis padres y yo formamos un equipo ganador: esta victoria es de los tres. Nuestra próxima batalla es que alimentos y medicamentos se etiqueten en braille

Nací prematuro de cinco meses y medio; en la incubadora perdí la vista y una meningitis me dejó con cierta sordera...

¿Y cómo reaccionaron sus padres?

Con serenidad y firmeza. Tenían un bebé y lucharían con él para que llegara a ser un ciudadano. Tuve mucha suerte con ellos. El resto de la familia – también lo comprendo- no estuvo a la misma altura.

¿En qué sentido?

"Pobrecico, pobrecico, pero, ¡ay, qué desgracia más grande!", era lo que tenían que oír mis padres a menudo, pero seguimos adelante los tres, como un gran equipo.

Lo eran.

Y poco a poco, también el resto de la familia, al ver que yo salía adelante, empezó a cambiar la lástima por el respeto.

Supongo que no fue fácil.

Mi padre era conductor de camión de la Eléctrica de Zaragoza y ni él ni mi madre tenían más que la primaria, pero ambos compartían un enorme respeto por la educación y se empeñaron en dármela.

¡Qué gran generación de padres!

¡Cómo no hincar los codos cuando tu padre y tu madre han estado trabajando horas y horas quitándoselas a su sueño para que tú estudies! Los tres estudiamos juntos: me pagaron profesoras de apoyo, me llevaban, me traían, me leían, aprendían conmigo. La primera barrera fue encontrar un colegio que me admitiera: todas la escuelas públicas de Zaragoza me rechazaron aduciendo que no estaban preparadas.

¿No había centros para invidentes?

Requerían ir a un internado a los seis años y separarte de tu familia y tu entorno: y yo necesitaba a mi equipo para poder estudiar.

¿Qué hacer?

Buscamos un cole privado. Teníamos una profe amiga en los Marianistas: nos dijeron que si yo respondía, me admitirían.

¿Respondió?

Me llevaba a clase la perkins,una máquina perforadora para braille, que hacía un ruido infernal. Y yo dale que dale a la perkins.

¿Y sus amiguitos?

En la EGB y el BUP no es que yo fuera muy popular. A veces los compañeros me metían tizas en la máquina para que se estropeara, porque les molestaba el ruido. Estuve solo.

Angelitos.

Pero seguimos adelante. Fui aprobando curso tras curso, primero en los Marianistas, luego en un centro público - ya les obligaban a admitir minusválidos- y luego, por fin, el sueño de nuestro equipo: la universidad.

¿No le echaban una manita los profes? Al contrario: tuve problemas, porque los libros en braille se retrasaban respecto al programa, y un señor catedrático de Derecho Romano sentenció condescendiente al ver que no veía: "Mire, Carrey, tal vez apruebe usted alguna cosa, pero... acabar, no acabará".

A saber qué ha acabado él en la vida.

Yo le respondí: "Gracias, señor catedrático. Ya veremos hasta dónde llego".

¿Por qué eligió Derecho?

Los mejores momentos de mi vida eran escuchando la radio: la Hora 25 de Llamas, Protagonistas de Del Olmo en RNE, El Loco de la Colina...Nos encantaba la radio, íbamos comentando los programas. Frente a ella, era un ciudadano más. Quise ser periodista, pero no me atreví a venir a Barcelona solo.

Derecho tiene mejor prensa, hombre. Acabé Derecho y después unos cursos de adaptación y unas prácticas en dos bufetes y, por fin, tras muchas entrevistas de trabajo sin resultado...

¿No subvencionan a sus empleadores? Si yo supiera tan poco como saben los empresarios sobre nuestras capacidades y las nuevas tecnologías, tampoco emplearía a un ciego. Pero si se les explicara bien todo lo que podemos hacer, incluso mejor que los demás, y también lo que no podemos hacer, nos emplearían. Somos negocio.

Tomamos nota: hay que explicarlo.

Hice oposiciones por fin y conseguí una plaza de auxiliar administrativo en la abogacía del Estado de Barcelona. Y aquí trabajo.

¿Por qué se empeñó en votar solito?

Vivo solo: cocino, lavo, limpio y me valgo por mí mismo en todo menos en planchar. ¿Por qué tenía que fiarme de "una persona de confianza" - como decía la ley- para que votara por mí?

¡Cualquiera se fía!

Yo estaba convencido de que la Constitución amparaba mi derecho al secreto en el voto y por eso empecé hace cuatro años mi pequeña batalla - con la ayuda de grandes ciudadanos- para que los invidentes de este país podamos votar por nosotros mismos.

La tecnología lo permite.

Iniciamos la batalla en tres frentes: el jurídico - estamos pendientes de un recurso de amparo ante el Constitucional-; el legislativo - por fin hemos conseguido que se apruebe una reforma de la ley electoral que nos permitirá votar el 9-M-, y el mediático.

Para eso estamos.

En este frente tengo muchas esperanzas depositadas, para que, tras ganar la batalla del voto, los invidentes también empecemos a ganar la de la ley que imponga etiquetas en braille en medicamentos y alimentos perecederos.

Pues adelante.

Para mí y los invidentes que vivimos solos es una necesidad, y para las multinacionales de la farmacia y la alimentación es cuestión de justicia.

Un voto con vista



Cincuenta mil invidentes podrán votar el 9-M sin revelar su voto y mil seiscientos ya han pedido las papeletas en braille que lo harán posible. No sé cuánto costarán esas papeletas - Carrey me asegura que poquísimo-, pero esta es una de esas ocasiones - también poquísimas- en que me siento orgulloso de pagar impuestos y de que sirvan para algo. La parte oscura de esta historia es por qué una causa tan elementalmente justa ha requerido cuatro años de forcejeos legales, mociones de todos los ayuntamientos catalanes y parlamentarias y de la tozudez baturra de Carrey para convertirse en una pequeña gran victoria de la democracia. Este letrado visionario promete que logrará más: ¡suerte!

Artículo original:
http://www.lavanguardia.es/free/edicionimpresa/20080216/53436737831.html; Abre una nueva ventana

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